Mis primeros 25 años de sacerdocio


MIS PRIMEROS 25 AÑOS DE SACERDOCIO

Pbro. Alberto Sanguinetti Montero
Introducción

Veinticinco años son bastantes en  la vida de un hombre, como para intentar presentar una mirada de conjunto. Y como mi vida no empieza con esos 25 años, algo hay que rastrear en otros 11 años de formación sacerdotal… y entonces se vuelven 36 años entregados a la Iglesia. Pero tampoco empieza  allí la vida… y por lo tanto algunas raíces hay que buscarlas más atrás.
Por cierto que, aunque soy larguero, no se asusten que no les voy a contar toda mi existencia, porque tendríamos que pasarnos un largo rato.
Me gusta hablar sin leer, pero en esta ocasión sería muy engorroso. Y si así quedarán por cierto muchas cosas, sin papeles sería muy difícil ordenar lo que quiero entregarles esta noche.
Esta mirada podría hacerse desde diferentes punto de vista .
Podemos mirar la vida, para saciar las curiosidades de los hombres. Podemos detenernos en las pequeñas anécdotas.
Con frecuencia este  tipo de charlas es para mostrar el mejor lado de uno mismo, para obtener la alabanza, o para justificar las propias acciones. Aunque supongo que soy algo vanidoso, no es mi intención llevarlos a que me aclamen.
Yo quiero esta noche compartir con Vds. una mirada  de fe sobre mi experiencia sacerdotal, una visión de mi vida iluminada por la luz de Jesucristo.
Por eso, desde  el principio hasta el final quiero que juntos nos pongamos bajo el ángulo de comprensión de la luminosa mirada del amor del Padre, en el misterio que aclara todo: el de la maravillosa elección del amor de Dios, antes de todos los siglos.
A ello me educó principalmente San Agustín, con sus famosas Confesiones, que no son los diarios modernos centrados en el propio ego, sino una confesión continua de la misericordia de Dios de su gracia. Todo cuanto ha acontecido de bueno es don inmerecido que viene de lo alto. Todo cuanto ha acontecido de malo es cruz que purifica y une con la gloria de Cristo. Aún el mismo pecado no se narra para ser comidilla de hombres vanos o para que nos hermanemos en nuestras bajezas, sino para que brille aún más la inconmensurable medida de la gracia de Dios.
San Agustín – y otros hermanos en la Iglesia ­ ---  a lo largo de los acontecimientos de mi existencia, me llevaron al descubrimiento de otros testimonios de vida vivida en la fe, especialmente de los profetas y santos del antiguo testamento, de los apóstoles y, singularmente, de San Pablo.
Por eso, salpicaré mi charla con textos. No para probar lo bueno que fui, ni pretender ponerme a la altura de los grandes hombres de Dios, sino porque esos pasajes han sido descubiertos, ahondados a lo largo de mi vida.
1) El don de Dios.
Así yo veo toda mi vida como un desbordante regalo de Dios. El don de venir a la existencia, el don de la fe y el bautismo, el don del sacerdocio, y dentro de ello la lista interminable de las gracias divinas, entre las cuales no es la menor la de la paciencia del Padre para conmigo, su misericordia y su perdón.
Algo que siempre fue creciendo en mí es la fe y la conciencia de la prioridad absoluta de la acción misericordiosa, bondadosa de Dios. Su elección, su fidelidad, su gracia, su perdón, su amor, su presencia, su voluntad indomable de llamarnos, atraernos, corregirnos, para que pudiéramos entrar a participar del don de vivir en El, con El, desde El y para El. Eso que se ha hecho realidad en Cristo crucificado y resucitado. Eso que nos entrega en la vida de su Iglesia y que inunda toda la vida. Eso que esperamos en el reino que no tendrá fin, cuando vuelva Cristo y seamos su cortejo triunfal en la Jerusalén del cielo.
No es esto, sino el centro del Evangelio, del Reino anunciado y hecho presente por Jesús. Es el anuncio de la primacía  de la gracia de Dios, que para San Pablo es su evangelio, es la lucha de San Agustín en defensa del primado de la gracia de Dios y el centro de toda su espiritualidad.
Esta es la gracia común de ser cristiano, porque “Dios nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús” (2 Tim. 1,9-10)
Sí, antes que nada soy un agraciado, un bendito con la gracia de la bondad de Dios, por su Espíritu. Si siempre lo creí, apoyado en su palabra, hoy puedo decir que lo vivo  intensamente, por la experiencia de los años.

2) En mi familia
Dentro de las gracias que Dios me concedió por su misericordia, está el que crecí en una familia en la que las cosas tenían su sitio. Quizás había demasiadas cosas que se debían hacer porque había que hacerlas, sin dar  mucha explicación. Era una educación más estructurada. Pero tampoco íbamos a la deriva como con frecuencia se educa hoy: la exigencia de responder formaba el carácter, la voluntad, hacía salir de uno mismo.
Especialmente los valores  fundamentales estaban claros. Y, por encima de todo, la realidad de la fe, Jesucristo, la  Iglesia, los sacramentos formaban parte principalísima de mi mundo familiar. Jesús, María, los cristianos y sacerdotes eran personas del medio cotidiano. Por eso, en la dedicatoria de mi tesis doctoral escribí: A mi familia, que con la vida me dio la fe, a la Santa Iglesia que con la fe me dio la vida.
Así también tomo las palabras de Pablo en su segunda carta a Timoteo: “Doy gracias a Dios a quien sirvo con una conciencia limpia, según me enseñaron mis mayores”, pasando luego a recordarle a su discípulo la fe sincera que tiene que primero arraigó en su abuela Loida y en su madre Eunice. De forma que más adelante puede exhortarle: “Tú  persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quienes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (2 Tim. 3, 14-15).
3) La vocación.
Dentro de esta fe nace mi vocación. Yo no dije a los 3 años que iba a ser sacerdote. Pero fui educado en buscar la voluntad de Dios y seguirla y también en que era posible que llamara a responderle con la entrega de toda la vida.
Una vez me preguntaron unos matrimonios desde cuándo había sentido la vocación. De verdad la decidí casi imperceptiblemente a los 16 años. Pero si leo para atrás veo que la vocación estuvo siempre, porque el centro de mi interés, lo que yo percibía y vivía como lo más real de toda la existencia era Dios, Jesucristo y sus cosas, concretamente la Iglesia.
Por eso, entiendo que el Señor me llamó desde el principio, más aún me creó para esto que soy. No voy a narrar milagros de mi vida infantil. No hubo en mí signos especiales, como lo que cuentan de algunos santos que ayunaban del pecho de su madre los viernes.
Sin embargo, Dios me iba tomando. Yo era niño, cuando un día compré en la Agencia Carrasco, de la calle Rostand, unos caramelos que me gustaban mucho. Volviendo pasé por la puerta de la iglesia y entré a rezar. Allí delante del crucifijo sentí la necesidad de dárselos a Jesús. Yo sabía muy bien que El no comía caramelos, que no era algo lógico, pero la llamada era a dejarlos al pie de la cruz. Y así lo hice. Yo sé muy bien hoy, que El de esta forma mi iba llamando para sí.
Por eso, con verdad, con humildad y desconcertado por tanta gracia, habiendo recorrido una buena parte de mi existencia reconozco con Pablo – salvadas las distancias - que Dios “me separó desde el seno de mi madre  me llamó por su gracia”, y “tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase” (Gal. 1,15-16).
Y también: “por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. He trabajado – no digo como Pablo, más que todos ellos, pero sí he trabajado --- , pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Cor. 15,10).

4) Algunos rasgos de mi personalidad.
De lo que me viene de la personalidad sobre la que se edificó mi vida sacerdotal, quiero compartir con ustedes algunos rasgos.
a) Siempre tuve un gran sentido de la verdad. Lo que ello significó para mi búsqueda más específica en  la teología, lo pueden leer en mi libro Amor, verdad, gratuidad,  en el capítulo: la Teología: amor y pasión, dolor y gozo por Cristo, Sabiduría de Dios (esto no es un chivo).
Ese sentido de la verdad, me guió en muchas cosas y también – como todo rasgo de carácter – tiene sus límites e inconvenientes:
Así, tengo cierta alergia a dejarme llevar por las modas, sean intelectuales, culturales.  Cuando todo el mundo repite algo, no es que lo descrea, simplemente pongo mi cuota de sospecha. De buscar en qué se funda, cuánto hay de fundado y cuánto no.
Estando pasada ya la mitad de la vida, uno ha visto pasar momentos colectivos en que todo parecía ir por determinada ideología, y en que se presionaba a bailar al son de lo que parecía una verdad inconcusa … y sin embargo se mostraron limitadas y pasajeras. Agradezco esta pasión por la verdad más allá de la buena o mala fama que pueda tener en determinado momento.
Esta actitud me ayudó mucho en la vida. Para no dejarme conducir por el qué dirán. Para tener libertad de juicio.
Algo, si no plenamente, pude así cumplir con la exhortación apostólica: “que se eviten las discusiones de palabras, que no sirven para nada, si no es para perdición de los oyentes. Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan, crecerán cada vez más en la impiedad y su palabra irá cundiendo como gangrena” (2 Tim.2,14.16). Y así traté de ser “fiel distribuidor de la Palabra de la verdad” (ibid. 15).
Y, como sacerdote, me estimuló para darles a los fieles alimento sólido, bien fundado, no siguiendo el talante del momento. Para que, como dice el Apóstol, “no seamos niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef. 4,14-15).
De esta forma no me he avergonzado del testimonio que debo dar de nuestro Señor (2 Tim.1,8), aunque por momentos no contara con la aprobación de otros.
Al mismo tiempo, esta inclinación por la verdad en cuanto o tal, es muchas veces muy dolorosa. Tiene una cuota grande de soledad; de incomprensión. Muchas veces he sufrido por no seguir al ritmo de lo que se estila, pero también me ha dado grandes satisfacciones el ayudar a fundar la vida de otros en la verdad.
También – como todo lo humano – el hábito de buscar en cada lugar la verdad, en qué se funda, a veces a uno lo hace excesivamente puntilloso. Hay que agregar la deformación profesional de ser profesor, de haberme doctorado, que enseña el rigor de la afirmación, la medida de las razones que se tienen, el hábito por sopesar la prueba de lo que se dice.
 Reconozco que muchas veces no dejo pasar una. Incluso exageradamente puedo corregir al otro que ni advierte lo que yo advertí en lo que decía.

b) Junto con este sentido de la verdad, desde chico tuve un gran sentido de la justicia. Yo no tengo demasiados recuerdos de infancia. Aunque ahora a veces de golpe me acuerdo de una escena o situación que había quedado olvidada: signo de que me estoy poniendo viejo.
Pero me quedo grabado patente, que siendo un niño – no sé de qué edad, calculo que alrededor de 8 años – viniendo a un corso de niños de los que se hacían en  la calle Rostand (entonces había carnaval en Carrasco), vi a un niño chico de unos 4 años que tenía en la mano un globo de gas. De pronto un hombre grande – no sé qué era grande para mí entonces – le agarró la cuerda del globo y se lo soltó. Todavía tengo dentro de mí la rabia por la injusticia, el abuso del grande, junto  con la impotencia de no poder alcanzar el  globo ni obligar al grande a devolverle el globo al niño.
Sí, salto frente a la injusticia.
Esto me hace a veces reaccionar rápidamente frente a lo injusto y, otras, el querer explicar hacer razonar cuando la acusación es injusta. También me hace cuidarme de no ser injusto con los otros.
c)   Otra característica de mi personalidad es que cuando veo algo que hay que hacer paso rápidamente a la acción. Lo que hay que hacer se hace.
Era yo un niño de unos 7 años y con Vicky Pons organizamos una especie de kermesse en el fondo del jardín para juntar plata para los pobres.
Con la misma  intrepidez cuando fue incendiada la parroquia de santa Rita, me puse manos a la obra, casi sin tener en cuenta la inmensidad de la obra.
Cuando fui a Santa Rita, el obispo me había encomendado construir la casa para el sacerdote, porque se necesitaba. Había incluso 2 proyectos que no me convencían. Después de estudiarlo con mi mente de arquitecto, a mí me parecía inarreglable en base a las construcciones que había. Por eso me limité a mejorar, hacer pintar.
Pero después del incendio, entonces sí vi claro cómo se hacía toda la estructura parroquial: vivienda, salones para la actividad pastoral, vivienda. Y me pareció que eso era lo que había que hacer. Cuando se lo presenté al obispo, me dijo que era imposible que pudiera conseguir los fondos para una obra tan importante. Yo le contesté que otra cosa no sabía hacer. Y el me lo permitió con un “hacé lo que quieras”.
Así de inconsciente, y así de decidido para realizar lo que veo que hay que realizar, me sale el impulso y la fuerza.

d) Otras facetas. Dios me dio una personalidad – como la de tantos – con múltiples facetas. Avido de conocer, capaz de leer mucho. Con sensibilidad para el arte, sea para ejecutarlo – pobremente porque no me pude dedicar  - sea para gustarlo y mover a otros a realizarlo.
Tengo gusto por la soledad, pero al mismo tiempo soy muy sensible a las relaciones personales.
También la vida va haciendo elegir, porque no da para todo:
Antes yo no dejaba jamás de contestar una carta, ni me olvidaba de un cumpleaños. Después la vida me paso por encima. Ahora me atraso en la correspondencia, me olvido de los cumpleaños, y no puedo ni responder a lo que me urge.
La vida sacerdotal toma a todo el hombre. En su tiempo, en su cuerpo, en sus afectos. Es el hombre que es tomado por Cristo, para su ministerio. Es este hombre concreto, con su historia, con su carácter, con sus inclinaciones, con sus defectos, con sus pecados y virtudes.
Así mis afectos, mi corazón fueron siempre más tomados por Cristo, por la Iglesia, y por las personas, especialmente por los que el Señor me encomienda, y más particularmente por aquellos que también el Señor llamó y que lo quieren.
Y por esas realidades me emociono, como saben los que me han escuchado: hablando de Cristo, de su Iglesia, de la eucaristía, del sacerdocio. Pensando en los miembros de Cristo: en los santos, en los que sufren por el evangelio, en el testimonio de los cristianos.
Así alguien me dijo – con buena onda – domingos pasados cuando quedé entrecortado hablando de Mons. Vera: “Padre, me alegro de haber descubierto otra parte suya: que tiene sentimientos”.
Los fieles, porque ven  y oyen mucho al sacerdote, a menudo creen que lo conocen y se hacen una idea falsa de su persona. Universalizan un detalle, o un ángulo, o un hecho. Y esto es normal que suceda, porque no estamos para desplegar nuestra personalidad y hacernos ídolos – como dicen ahora – sino para que conozcan a Cristo.
Me acuerdo una vez en una parroquia, con un grupo que se reunía semanalmente.
Alguien que había ido a Bariloche, trajo chocolate en rama. Yo compartí y deje que estaba muy rico. Desde entonces siempre me regalaban chocolate en rama, porque decían que a mí me encantaba. Y la verdad es que me gusta el chocolate – aunque no puedo comer mucho porque me salen herpes – pero no me entusiasma en rama. No les digo como me gusta, porque me van a tapar a chocolate.
Así, retomo, mis afectos los fue moldeando el Señor. Como Jesús viendo llorar a María y a los judíos que la acompañaban,, me conmuevo y me turbo (cf. Jn.11, 33) con los que sufren por su familiar muerto, con los que padecen en su carne los sufrimientos de Cristo, más que por mis propias pruebas.
Dios me ha dado verdaderos hijos en Cristo, verdaderos hermanos y amigos. “Tengo vivos deseos de verlos” (cf. 2 Tim. 1,4), como Pablo a Timoteo, y amo y añoro en el corazón de Cristo Jesús (Fil. 1, 8).
Y mi amor a los fieles que me son encomendados participa de los afectos del apóstol que les dice a los gálatas: “¡Hijos míos! por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal. 4,19).
Y también mis alegrías más profundas son moldeadas por el corazón de Cristo Jesús.

5) Las alegrías del ministerio.
Son muchas y diversas. Son profundas.
a) Una muy especial y que lo funda todo: la  amistad con Jesús. El principio de todo es haber descubierto  Cristo. A lo largo de la vida uno se da más cuenta que es haber sido antes descubierto con Cristo.
En la ordenación sacerdotal, en el rito latino, se cantaba siempre el iam non dicam vos servos sed amicos meos:  ya no os llamo siervos sino amigos míos.
Siempre me llegó la frase de Santa Teresa:  Jesús es amigo verdadero.
San Pablo se muestra con toda su intimidad con Jesús y su fuerza de haberlo conocido y quererlo conocer.
La frase de la carta a los filipenses: “todo lo que he considerado basura comparado con la sublimidad del conocimiento  de Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas” (Fil.3,8) la tengo grabada desde chico. Se leía en la misa de San Francisco de Borja, que entonces figuraba como obligatoria el 10 de octubre, día de mi cumpleaños.
“No soy yo, sino Cristo que vive en mí” (Gal.2,20), siempre me llegó.
Por supuesto que está amistad con Cristo, tiene diferentes formas, según las etapas de la vida.
De muchacho, de joven seminarista, incluía la proyección de la juventud, el ideal de vida, así como una afectividad más romántica, si se puede decir.
De joven sacerdote se transformó en un esfuerzo incansable por trasmitir a Jesús, por trabajar por él. No sé cómo hacía tantas cosas en aquella edad.  Grupos, docencia, la tesis doctoral. Hablar de Jesús, atraer al descubrimiento de él, a su amor, era un motor.
Más adelante, pasaron largos  años en que algo se va modificando. Por un lado son límites experimentados, de afuera y de dentro. La sensibilidad va sintiendo un cambio, las cosas no se sienten como en otro momento.
Nunca dejé de creer, nunca dejé de esperar, nunca dejé de amar en lo concreto, porque dice el Señor: “si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor”.
Pero sí pasé largos años en que, la mayoría del tiempo no tenía la presencia sensible del Señor. Sí me aparecía cuando hablaba de El, pero no cuando yo lo buscaba. Fueron años duros, de larga espera en los que me mantenía la palabra del Señor.
Ahora, pasada la prueba de la mitad de la vida, su amor a mí y mi amor a El son toda una certeza. Es lo que soy.
    Dentro de la amistad de Jesús quiero incluir la amistad con los que lo aman, los que lo siguen: me ha sido dado vivir con los amigos de Jesús.
b) La gran alegría del ministerio es cuando ayuda a encontrar al Señor. A conocerlo más, a amarlo mejor. Sobre todo cuando es el pecador que vuelve a la casa del Padre.
Siempre me acuerdo hace muchos años, se presentó en la parroquia una señora. Era de familia católica. Un matrimonio que había tenido muchos hijos y después de numerosos problemas se habían separado. Ella se había vuelto a casar. Todo un desastre final.
Y ella me dijo: Mire, padre, no vengo porque esté tan arrepentida, ni para rehacer cosas y ha deshechas. Yo vengo como el hijo pródigo: estaba mejor en la casa del Padre. Quiero volver a mi casa, así como estoy.
Y en esto resumo la alegría cotidiana del ministerio sacerdotal: ver crecer a Cristo en sus miembros.
c) Otra gran alegría es  la fiesta cristiana.
 Todos ustedes que me conocen saben qué importancia le doy a la liturgia y a la fiesta en todas sus dimensiones. Es por cierto una fiesta que nace de la profundización de la fe, de la escucha de la palabra. Pero es sobre todo la fiesta que brota de recibir el don de Dios, la alegría de su presencia, y la unión entre nosotros en la caridad de Dios.
A veces cuesta hacer pasar a los cristianos de un cumplimiento religioso a la fiesta cristiana. ES curioso: a los hombres nos cuesta ser felices. Corremos de aquí para allá buscando la felicidad, pero, sin embargo, nos cuesta ser felices, nos cuesta dejarnos querer por Dios. Preferimos una religión en la que nosotros cumplimos quejándonos, que dejar introducir en la fiesta que el Padre ha preparado para las bodas de su Hijo. Ya está en el evangelio en la parábola de los invitados al banquete.
Es, sin dudas una de las consecuencias más extrañas del pecado.
Pero he tenido la alegría de haber ayudado a muchos a introducirse en la fiesta de Cristo y de la Iglesia. Y, por cierto no sólo individualmente, porque individualmente no hay fiesta. Sino en el descubrimiento de la comunidad que celebra.
Es verdad también que introducirse en la fiesta de Dios es exigente. Pide dejar de estar centrados en nosotros mismos, para dejarnos centrar por la palabra de Dios, por la acción del Espíritu, por las formas como la Iglesia esposa celebra la venida del Esposo.
De todas maneras, es una de mis alegría más grandes, cuando uno percibe la alegría del Espíritu en la carne, en el cuerpo de la Iglesia. Como yo estoy en  esto y puedo percibir cuando se da esa experiencia celebrada de la fiesta de Dios entre los hombres: la verdadera alegría, aquella de la que dijo Jesús: “os he dicho esto, para que mi alegría esté en vosotros y llegue en vosotros a su plenitud” (jn.15,11).

6) Las tensiones de la vida del sacerdote
Cuando yo hablo de mi sacerdocio, es del sacerdote secular, el sacerdote de parroquia, que está siempre tironeado por una multiplicidad de roles y funciones. Es el testigo del amor del Padre, manifestado en Cristo, pero al mismo tiempo, tiene que cuidar que se cierren las canillas, que no queden las luces prendidas.
Es testigo del amor del Padre, pero nuestro Dios es un Dios. Como Pablo, digo a la comunidad que me está encomendada: “estoy celoso de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros a Cristo como  una casta virgen” (2 Cor.11,2). Y también “lo que pedimos es vuestro perfeccionamiento” (2 Cor.13,8). 13,9).
Con frecuencia los fieles vienen a pedir algo concreto: quieren el bautismo, quieren la misa a las 11 y 17 porque es la hora que les queda bien para cumplir con su misa. Y uno quiere darles lo que piden, pero quiere dárselo bien, quiere darles más
Quiere que el bautismo esté preparado, que se encuentren con la riqueza de lo que el Señor les quiere dar.  Quiere darles la oportunidad de cumplir con el precepto, pero también desea introducirlos en la fiesta de la palabra y la eucaristía. Y no siempre aceptan ser llevados a una vivencia mejor.
El párroco tiene que recibir a todos. Y yo siento a todos mis parroquianos como propios. Pero al mismo tiempo tiene que guiar una comunidad. Desde las cosas concretas: hay que decidir unos determinados horarios de misa, una forma de celebrar los matrimonios, un orden en la comunidad, una  economía aceptable, una distribución del tiempo y de las posibilidades de servicio de esa comunidad concreta.  Y entonces no es posible contentar a todos y, general las culpas son del párroco.
Uno de los desgastes más fuertes de la vida sacerdotal en una comunidad es el estar siempre al descubierto.
Hay una pretendida imagen del sacerdote como una psicología de robot simpático. Y esto no es posible. En primer lugar, porque nadie tiene la psicología universal: cada uno es una forma concreta de humanidad: quien más bonachón y tranquilo, quien más enérgico y audaz. Quien más atento a detalles, quien más manga ancha.
Pero, sobre todo, es un hombre que tiene momentos. Uno pasa de escuchar el drama de una persona, de una familia, al otro que está apurado y quiere que le respondan al momento su bagatela o un trámite. Acaba de acompañar a bien morir a un cristiano y resulta que se olvidaron de prender las luces de la iglesia o los chicos están dando pelotazos contra la pared. Está consubstanciado con la palabra que ha de proclamar y alguien está quiere encontrar una cartera o unas llaves que no sabe donde perdió.
Y también tiene sus momentos y periodos. No siempre está contento y descansado, cuando debe predicar la alegría. Y tampoco está para hacer que los feligreses sigan sus estados o momentos.
Y así uno está al descubierto todos los días y muchos días, ante mucha gente, durante muchos años. Por otra parte, los feligreses se creen todos “divinos”, pero tampoco lo son tantos. También el sacerdote de parroquia está conviviendo con los límites y defectos de muchos, sin pasarse chusmeando y criticando. Hay más paciencia de la que se dice, de este lado. Y es parte del peso del ministerio, para ir llevando una comunidad, afincada en el amor de un Dios que nos ha llamado gratuitamente. Una comunidad que siempre hay que reconstruir en base al perdón, al callar, a no llevar cuentas.
Pero, al mismo tiempo, está la alegría de ir creando comunidades. Tan a contrapelo con el egoísmo al que nos incita el mundo en que estamos viviendo. Que por un lado nos propone ser unos perfectos egoístas, pensando en qué gastar, que disfrutar, y, por el otro lado, nos da falsas comuniones de masas que han visto la misma película, que comen la misma comida prefabricada, que tienen que vivir pendiente del último chisme periodístico… como puede ser un amorío de Clinton, que ni nos va, ni nos viene.
Siempre supe de la importancia de formar la comunidad cristiana. Con la maduración que dan los años y el ministerio, cada vez veo más que está en el centro del camino de Jesús. Una comunidad que nace de que cada uno se sabe llamado por un don de Dios: y que por lo tanto no tiene pretensiones, porque no ha pagado con nada el poder ser integrado a ella, sino que le ha sido regalado inmerecidamente.
Una comunidad – que no es un grupo de los que se eligen entre ellos, porque les gusta, o se llevan bien – sino que reconoce como hermano y miembro suyo, a los que el Padre ha llamado. Por eso una comunidad en la cual, todos somos obligados a bajar el copete de nuestras pretensiones, para humildemente agradecer que Dios nos ponga allí, y que los demás nos miren como hermanos, como nosotros los miramos a ellos.
Es este un camino largo, pero que abre a dimensiones increíbles.  Es, por otra parte, el camino concreto del Evangelio vivido, no con  gustos de piedades personales, para la propia satisfacción, ni entre grupos de quienes se sienten mejores que los demás, sino entre simples y concretos cristianos que Dios ha reunido, y que quieren estar reunidos en su nombre.
Sin falsas ideas de comunidad: Que estaría en ella si fueran mejores, si no estuviera fulano o sultano, si las cosas fueran como a mí me gustaría.
Así fui entendiendo más las exhortaciones de la escritura al amor mutuo, a la paciencia, a sobrellevarse unos a otros y por sobre todo a la alegría de la caridad.

7) La comunión con la cruz de Cristo en el sacerdocio
Nuestra gloria es la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y no hay vida nueva en Cristo resucitado, que no se forje en la comunión con su santa y gloriosa pasión.
La cruz entra de muchas formas y es siempre salvífica. Ella va simultáneamente haciendo que la vida de Cristo en que creemos se vuelva nuestra, modifique las entrañas, el corazón, los pensamientos, las actitudes. La cruz va haciendo comprender las escrituras, cuando se toma la cruz y se escucha la palabra con paciencia y obediencia.
a) Una cruz es el paso de los ideales “soñados” a la realidad  de lo que el Señor va poniendo. Yo creía que a los dos o tres años de sacerdote iba a ir al Seminario, porque me gustaba la formación sacerdotal – que a la mayoría no le gusta – y porque me sentía apto.
Pero no se me dio nunca. Me tuvieron bastante alejado del Seminario.
Sin embargo, por otros caminos el Señor me concedió ser apoyo e incluso guía de muchos sacerdotes, a quienes pude acompañar y, alguna vez, iluminar.
En cambio nunca había pensado ocuparme de algo semejante a lo que se me fue dando con la Virgen de los Treinta y Tres. Ahí sí que sin haberlo ni soñado, sin que hubiera en mí proyecto alguno, la Providencia me fue llevando, me encerró y me lanzó, en un camino que – dejando los antecedentes lejanos – le llevó a Dios unos 10 años hasta que explotara. ¡Cómo para dudar de que tiene sus planes y lo realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia”(cf. Ef. 1,11.6)!
b) Otra prueba es la experiencia de los propios límites, la distancia entre lo que uno es y lo que hace presente. Cuando uno es joven con más facilidad cree que hay una relación casi directa entre hacer las cosas bien hechas y que salgan bien. El paso de los años se encarga de hacer carne que no es así. Menos aún en el ministerio sacerdotal, que no es una empresa medible por un éxito externo, que se mueve entre la libertad de Dios que llama y da su gracia y la libertad de los hombres de seguir el llamado.
c) Es la prueba del fracaso. Entonces, me iluminó mucho comprender la prueba de San Pablo, narrada en el capítulo 12 de la 2ª carta a los corintios, como la experiencia del fracaso apostólico, de una realidad que se le iba de las manos. Y ante su súplica de que pasara esa prueba, le quedó la respuesta del Señor: “Mi gracia te basta, porque mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad”. De forma que pueda decir el apóstol: “por eso me complazco en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Cor.12, 9).
Y esto no de modo genérico, sino vivido una y otra vez a lo largo de los años.
Es una prueba y no pequeña el contacto permanente con  el pecado de los hombres. Es gloriosa prueba cuando se entrega el perdón, pero también dura ver la miseria humana, la inconstancia, las ataduras.
Cada cual tiene que vivir en su momento histórico,
A mí me ha tocado ser sacerdote en medio de los avatares de estas tres últimas décadas.
Cuando entré al seminario comenzaba el Concilio Vaticano II. Nos entregábamos con entusiasmo a las luces de renovación que de él venían. Organizábamos círculos de estudio para profundizar en sus documentos, que recién llegaban a estas playas.
Pero también hubo que mantenerse en medio de las tempestades  que sobrevinieron.
Cuando yo llegué al Colegio Pío Latino Americano en Roma, todos los domingos para la Misa nos revestíamos de sotana y roquete, y participábamos de la liturgia solemne. Pero, en menos de  tres años, ya no había misa diaria en el Colegio; había que buscar un sacerdote amigo para participar de la Eucaristía.
En muchos lados la renovación litúrgica, según el Concilio, pasó a la destrucción de la misma liturgia, a la pérdida del sentido de lo recibido de la tradición de la Iglesia.
El sacerdocio era discutido, el celibato puesto en cuestión por los mismos sacerdotes. En número grande se abandonaba el ministerio. Cuando salió la encíclica Sacerdotalis Coelibatus de Pablo VI, los superiores del colegio no se animaron a comentarla y hacerla trabajar. Fui yo con otros seminaristas que organicé las reuniones para estudiarla.
No quiero abundar en la crisis de fe que hubo, y que en muchos casos hay, aún en el seno de la Iglesia. No es mi intención describir los males de la época.
Esto lo evoco en primer lugar, para agradecer la compasión que Dios tuvo conmigo, para mantenerme en la fidelidad al corazón de la Iglesia creyente.
En segundo término, porque fueron muy duras las pruebas para seguir un camino, en medio de tantas contradicciones. Dios me ha dado fuerzas, pero también me es difícil emplearlas, cuando las convicciones más profundas son contradichas en el seno de la misma Iglesia.
Es una tensión y combate grande, grave y peligroso, ser servidor de la unidad, y al mismo tiempo mantener el rumbo firmemente, sin obstinación, con humildad y constancia.
No es menester describirlo más pero fueron años difíciles, sobre todo cuando se está rodeado de contradicción, cuando a distintos niveles lo que prima no es la búsqueda de la verdad, sino la lucha por el poder, el quedar bien, o la medianía.
No es esto nada nuevo, si leemos las cartas paulinas y vemos los combates del apóstol.
En la medida de mis posibilidades, y contando con mis propias debilidades, he tenido la gracia de vivir lo dicho por el apóstol:
“… al servicio del Evangelio he sido constituido heraldo… por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar el depósito hasta aquel Día” (2 Tim.1,11-12). Y he recibido las amonestaciones que dirigió a su discípulo Timoteo:
“Ten por norma las palabras sanas que oíste en mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros” (ibid. 13).
“Soporta las fatigas conmigo, como buen soldado de Cristo” (ib.2,3).
“Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrán tiempos en que los hombres no soportarán la doctrina sana... Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio” (ib. 4.2-4).
Y este combate ha sido posible, porque por la gracia del sacerdocio, reavivando el carisma de Dios que está en mí por la imposición de las manos, “porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de temor, sino de fortaleza, caridad y ponderación” (ibid.1,7).
En este combate, que forma parte del ministerio, no luchamos contra hombres, sino contra el espíritu de este mundo. El padre de la mentira, homicida desde el principio que quiere corromper la fe, la esperanza y la caridad.
Cuando uno tiene los ímpetus juveniles, yo quería morir por Cristo. Pero, por cierto, que aquella muerte me  la imaginaba, heroica, ejemplar, rodeada casi de una liturgia, como un acontecimiento glorioso. En cambio, el morir por Cristo que se me presentó era menos brillante, más continuado, mucho más oculto. Y las armas del enemigo como tortura continuada.
Esta experiencia de cruz, unida a las oscuridades interiores, me fueron descubriendo otra comunión con Cristo, rechazado, humillado, condenado.
Fui también descubriendo y participando de otras riquezas de la palabra de Dios. Muchos salmos que antes rezaba desde afuera, se hicieron carne en mí.
Antes cuando leía a San Pablo, me parecía a menudo que hablaba mucho de él mismo, que se quejaba y hacía la lista de sus padecimientos.
Pero puesto en medio de la vorágine de las pasiones, en medio de las contradicciones, viví en lo que me tocó la hondura de la cruz del ministerio.
d) Es el dolor de que al ser rechazado se rechazan los dones de Dios. Es la experiencia vivida de que aquellos a quienes se le quiere entregar todo el Evangelio de Cristo, lo desprecian. Es la lacerante pregunta si uno no habrá corrido en vano. Si no habría equivocado el camino. Si no sería la voluntad de Dios. Ahí parece perderse pie y caer en el abismo.
Es el sufrimiento de que aquellos que uno ama como propios en Cristo, porque le han sido confiados como sus ovejas, no quieren ser pastoreados. Viví en carne propia la injusticia, e incluso e experimentado el que sientan odio por uno, sin poder dejar de orar por los mismos que persiguen. Habiendo buscado servir a la verdad de Cristo, verla juzgada, condenada, despreciada por aquellos a quienes es entregada. Juzgados, insultados, condenados, triunfando la mentira sobra la verdad, la vanidad sobre la honestidad, la hipocresía sobre la honradez, por momentos me tocó vivir ese mundo dado vuelta que brilla en Cristo crucificado y de la que participa el apóstol como lo escribe a los corintios, en un pasaje que hube de leer muchas veces:
“Porque pienso que a nosotros los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para  el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por seguir a Cristo, vosotros sabios en Cristo. Débiles nosotros, mas vosotros fuertes; Vosotros llenos de gloria; mas vosotros, despreciados… Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman respondemos con bondad. Hamos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos” (1 Cor. 4,9-13).
Algo pude entender por experiencia vivida de las palabras del apóstol:
“Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados… Pero, poseyendo aquel espíritu de fe como dice la Escritura: creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos…. Y todo esto para vuestro bien, a fin de que la gracia abundante haga crecer para gloria de Dios la multitud de los que dan gracias”.
Este combate por la fidelidad al evangelio, me hizo vivir primero con las fibras del corazón la verdad del evangelio de la cruz vivificante de Cristo, de modo que si la he creído por fidelidad a su verdad, aún con dudas, y con caídas, ahora puedo decir que la he experimentado en mí mismo como fuente inagotable de la verdadera vida.
Por lo mismo también la hemos visto ser vivificante para otros, para aquellos que el Señor ha querido iluminar por nuestro ministerio y que han aceptado la palabra de la cruz del Señor de la Gloria.
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas las tribulaciones, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Cor. 1,3-4).

8) El gran misterio del sacerdocio católico

No quiero exagerar las grandezas del sacerdocio. Sé y enseño que los sacerdotes como todos los cristianos tenemos como suprema grandeza el haber sido llamados por elección del Padre a ser sus hijos en Cristo. Que la fuente de nuestra dicha está en el bautismo, que nos injertó en Cristo y la Iglesia, en la confirmación que nos selló con el Espíritu Santo, en la palabra y la Eucaristía que nos dan vida. En esa vida que es simplemente – y divinamente – vida en la fe, la esperanza y la caridad. No hay nada mayor que esto que nos es común a todos, vivido como comunión con la vida nueva de Cristo resucitado, como comunión con su obediencia y su cruz.
Pero hoy entre los grandes dones que Cristo da a su pueblo, para comunicar esa vida, miramos el sacerdocio ministerial, del obispo, y por participación del presbítero.
Y es realmente un don precioso de Cristo para su Iglesia.
No debe ser despreciado ni juzgado porque se dé en las pequeñeces de las personas.
Porque el que se dé en las pequeñeces de las personas, es un don del Verbo de Dios, que quiere dársenos humanamente, por medio de hombres. Es exquisita la bondad y humildad del Hijo Unigénito de Dios que, como quiso dársenos en comida por medio del pan y del vino, quiera amarnos, hablarnos, perdonarnos, guiarnos, por medio de hombres indignos en quienes brilla su poder salvador y su misericordia.
Simultáneamente nuestro gran Sacerdote, , por medio del sacerdote nos da a certeza palpable, la  cercanía de la gracia de Dios
El ministerio sacerdotal, del obispo y de sus colaboradores los presbíteros, es el signo permanente para la Iglesia, para el pueblo cristiano, para cada uno, de que el Señor está en medio de nosotros, hablando, santificando, perdonando, reuniéndonos a nosotros ovejas dispersas.
Dentro del sentido de este gran don es que hay que entender la potestad sacerdotal dada para edificar la Iglesia de Dios. Siendo la finalidad de muerte y resurrección de Cristo la salvación del cuerpo, la santificación de sus miembros, el hecho de que tengamos que recibirlo de otros, pone siempre ante nuestros ojos que es este un don que nunca nos pertenece, que siempre recibimos, que no podemos disponer de él, sino pedirlo y acogerlo agradecidos.
Hoy con frecuencia se da el querer la comunicación directa con Dios, el tener grupos que no tengan pastor, precisamente para ser dueños de esa pretendida religiosidad. Pero es precisamente así como no se vive el don recibido gratuitamente. Por eso el sacerdocio cristiano no viene del pueblo, no porque sean unos hombres mejores, puestos que ellos también son salvados por el perdón y la gracia, sino para que se viva que tal don viene de la disposición amorosa del Padre en Cristo.
Por eso, también, aunque a algunos no les guste, se da en el sacerdote católico una tensión entre cercanía y distancia, una tensión entre pertenecerle y libertad.
A mí a veces me dicen: usted haga lo que quiere, porque usted es el dueño de casa. Y yo respondo que no soy el dueño de casa, que aquí todos somos siervos y el único Señor es Jesucristo.
Pero también se da la inversa, que se nos dice que estamos para servir, y por eso hemos de hacer lo que los fieles quieran. Y eso no es del todo así. Una porque los fieles también son siervos. Pero sobre todo, porque nuestro servicio es conducirlos a la obediencia de la fe, no a hacer su propia voluntad. Nuestro servicio es dar la fuerza soberana del Evangelio y el que todos nos sometamos a Cristo, nuestra cabeza.
Por eso, al tiempo que junto con toda la comunidad hemos de buscar la voluntad de Dios, también es verdad que no nos sujetamos a un mero consenso numérico, ni damos cuenta ante las supuestas mayorías, sino que debe responder ante el tribunal de Jesucristo.
También a veces se quiere una cercanía del sacerdote tal, diciendo que es uno como los demás, que todos somos iguales. Por cierto que somos iguales, podemos ser menos santos que otros, y todos nos salvamos por la fe en la gracia de Dios.
Pero el sacerdote es signo del principio divino de la vocación cristiana, que no brota de que seamos iguales, sino de la gracia de la elección divina. Y por eso, también el sacerdote, y más aún el que tiene la conducción pastoral – el obispo y participativamente el párroco – tiene que vivir la libertad de conducir, porque el pastor debe ir delante de las ovejas, debe exhortar, debe también corregir y llamar a conversión, para guiar no hacia lo que queremos los hombres, sino hacia la santidad que el Padre nos ha preparado.
En esto también el sacerdocio católico es un misterio que tiene su origen en Cristo y no debe confundirse con liderazgos humanos, ni siquiera con liderazgos religiosos en general.
Por eso también es necesario que los fieles tengan compasión de sus sacerdotes, porque llevan un misterio más grande que ellos mismos. Por lo mismo deben orar mucho por sus sacerdotes.
Es la profunda realidad que está expresada en las repetidas palabras que la Iglesia pone en nuestros labios en la sagrada liturgia.
El sacerdote nos dice: El Señor esté con vosotros. Y entrega por su ministerio el don de Cristo.
El pueblo cristiano contesta: Y con tu espíritu. Es decir, con el espíritu que recibiste del Señor, por la imposición de manos y la oración del obispo, para que realices la obra del Espíritu entre nosotros.
Esta invocación litúrgica para que descienda el Espíritu sobre el sacerdote, para que llevado por el Espíritu entregue la palabra, ore y santifique al pueblo, guié a la familia de Dios, debe continuarse en la oración permanente de los cristianos por sus sacerdotes.
No cabe duda que la falta de vocaciones está unida a una falta de fe y amor en el don del ministerio sacerdotal dado por Cristo a la Iglesia.
Por ello también, una de las grandes alegrías de la vida sacerdotal es ver la fe de los cristianos en estos hombres, en concreto en mí,  que por la gracia de Dios, les entrego la palabra divina, les perdono los pecados y los santifico, los rijo y conduzco  en la unidad del Pueblo de Dios.
Porque esa fe, también alimenta al sacerdote en el misterio de su propia existencia sacerdotal. También más de una vez, en medio de las pruebas y tentaciones, me sostuvo la fe de los cristianos en mi ministerio y la responsabilidad de no defraudarlos. Y les estoy sumamente agradecido.
Esa fe obediente al don de Cristo en el sacerdote es obra del Espíritu Santo.
Porque esa obediencia de fe permite edificarlos como morada de Dios en el Espíritu. Porque esa fe, se vuelve alabanza y glorificación del Padre en Cristo en la unidad del Espíritu Santo.

9) La esperanza de la vida eterna

Como me apoyé siempre en la palabra de Cristo, siempre esperé la vida eterna.
En algunos momentos de juventud, incluso con deseos más románticos, sin ningún sentido despectiva de ese término.
En momentos duros y largos de mi vida, fue lo único que daba sentido a un peregrinar obscuro, con sinsabores, en que mucha cosa parecía sin sentido. En momentos de oscuridad incluso intelectual y de aridez, la firmeza de la esperanza apoyada en la palabra del Señor era el correctivo, la pequeña luz que sostenía.
En este momento estoy muy asentado y firme en el Señor.
Hace años atrás en medio de combates internos al terminar un retiro, consolado por la palabra de Dios le decía al Señor que yo estaba contento con El y lo que me había dado vivir. Pero de pronto me vino la pregunta: Y tú, ¿estás contento conmigo?, porque si El no estaba contento, tampoco lo podía estar yo. Me pasé largo rato pidiéndole que me mostrara si yo le era grato, hasta que me dio paz. Hoy estoy sereno y lo espero con paz y gozo.
Quiero el trabajo que hago, me siento a gusto, pero también voy sintiendo más fuertemente que lo único definitivo es estar con el Señor. No solo, con todos los que quiero y que he querido, incluso con tantos que no he conocido personalmente, que he conocido por el testimonio de sus vidas pasadas, de sus escritos, y que me sostuvieron y alegraron, en esa gran comunión que es el misterio de la Iglesia, incluso con los santos de otras épocas.
Sí la Jerusalén del cielo adquiere para mí en estos momentos una claridad, una realidad, que no es la de un entusiasmo afectivo, sino la de la certeza, la de la patria.
En medio de un mundo desesperado por afirmar que lo puede dar todo, y que lleva a los hombres como al burro detrás de la zanahoria; o en su opuesto, ante quienes dicen que esperar el cielo es desentenderse de los problemas de los hombres, me aparece con mayor certeza la única esperanza y la plena esperanza ver el rostro de Cristo, contemplar sus llagas gloriosas y por ellas llegar hasta el Padre.
Y este bien verdadero es el que deseo para los otros, para cada uno y juntos.
Y tal esperanza me fortalece. No me separa de gozar de los bienes anticipados: desde una buena comida con un buen vino, hasta el gozo de la comunión y de la caridad. Desde una buena conversación,  hasta el trabajo fuerte y exigente, pasando por reírme de mí y gozando con un buen chiste.
Esta esperanza no me separa del trabajo y el servicio, porque es lo poco que tengo para darle a Cristo y a los hombres.
No me quita el dolor ni los sufrimientos que me tocan…. por otra parte bastante menores que los de muchos hermanos, pero son los míos. Pero me da serenidad y firmeza. Tampoco me cambia el carácter ni mi forma de ser: aún no queriéndolo sigo haciendo proyectos, inventando cosas, y sobre todo viviendo y entregando la palabra del Señor, su precioso cuerpo y sangre, y reuniendo a sus discípulos.
Pero sí, cuando estoy más contento… se me aparece el vislumbre de aquella patria. Cuando estoy más apenado, cuando experimento en mí y en los otros las marcas del pecado y la muerte me ilumina y consuela la esperanza de lo que el Señor nos ha preparado: la comunión con El y en El.
Me siento bastante cerca de las palabras paulinas:
“por una parte deseo partir y estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros.  Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros, para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un motivo de orgullo en Cristo Jesús” (Fil. 1,23-26).
Y también está esperanza es la que quiero entregar y hacer gustar.

10) para su alabanza y gloria
Termino con la oración del comienzo de la carta a los efesios, de donde saqué parte de las palabras de mi estampa de ordenación y con otro pasaje de la misma carta:
 “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo,
para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor;
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (ef.1,3-6).
“A aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros,
 A él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús pro todas las generaciones y todos los siglos. Amén.”(ef.3,20-21).


Comentarios

  1. Gracias por compartir con nosotros este sentido y profundo escrito. De repente me encontré orando esas palabras, encarnado esas experiencias y se me respondieron algunas preguntas sobre el desierto, la carga de los pecados, la oscuridad y las épocas de confusión en la Fe... "Ando por esos lares en estos momentos".
    Me alegra saber que se siente firme en el Señor... me ha dado las esperanzas que da el testimonio del discípulo, del hermano!...a sido un largo camino!
    Gracias nuevamente y que Dios lo siga bendiciendo.

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